Poetas de-ambulantes (deambulantes y de los ambulantes) se erige como un formato fresco e innovador entre los diversos grupos artísticos que convergen en la ciudad de Medellín. Fundado por dos jóvenes prospectos de la literatura colombiana (Jhon Agudelo y Daniel tobón ), esta idea llega como un grito de auxilio, como una forma de rebelarse ante el horror y la insensibilidad que cubre al mundo. Si, al mundo, el proyecto pretende recorrer el mundo entero en pos de una revolución sustentada en el poder de la palabra. La poesía es la violentación del lenguaje cotidiano, es la intención de aturdir, el poeta crea un mundo nuevo como muestra de inconformidad con el que le ha correspondido, la poesía es el brazo armado del comandante poeta. En este sentido, el colectivo de poetas de-ambulantes representa la respuesta del arte, en este caso la lírica, ante la progresiva degradación de los estamentos sociales y humanos. En palabras de uno de sus fundadores: de-ambular como poeta es caminar en busca de victimas que sufrirán el rigor de la bala de la palabra atronando en sus automatizadas cabezas.
Todo comienza tras una corta reunión, donde los poetas de-ambulantes congregados deciden el sitio y la hora para realizar la actividad. Una de las normas es no abordar a la gente caminando, obviamente puede haber excepciones, pero el motivo de esta regla es no chocar con la prevención de las personas en una ciudad tan insegura como Medellín (ciudad en la cual hemos comenzado). De esta manera, la mejor forma de llegarle a la gente es tomarla sentada, quien está sentado llegó a su destino, quien camina va en busca de él. Los hombres poetas prefieren acercarse a las mujeres, no quiere decir esto que su intención trascienda los límites del regocijo con el arte, simplemente ellos se sienten inspirados por la belleza femenina. Posteriormente el poeta se presenta y propone jugar el juego del poeta de-ambulante -nuestra arma es la pluma y se carga con tres palabras- la persona abordada sugiere tres palabras sobre las cuales girará la temática del poema improvisado y aparecerán explícitas en él, en una suerte de escritura automática. Antes de entregar el poema, el poeta de-ambulante transforma la escritura en oralidad, luego el receptor decide si el poema es de su agrado y en consecuencia le otorga un valor. El dinero es prescindible, el valor puede ser una sonrisa, un abrazo, la recomendación de una película; en este espacio entra en juego la imaginación del usuario. Al final el juego se cierra y las palabras se las lleva el transeúnte.